Publicado en CAPACITACI...
Por Irene
Lunes, 1 de Junio del 2020

LUZ, CÁMARA, ¡CATARSIS!

Desde mis primeros intercambios con realizadores en formación aprendí algo importante: la muerte es un recurso excelente cuando se está desorientado. Tanto da que se trate de niñas, niños o personas adultas en un taller audiovisual: si un tipo molesta en la escena, se muere, y ya está ¿Y cómo se muere? ah, ese es un lindo desafío. Total, hablamos de muertes "de mentira", ¿no? así intentó justificarse un niño tras decidir que su protagonista cayera súbitamente, sin ningún motivo, para explicar luego "lo mató un gas venenoso, que es invisible". En otra ocasión, esta vez un estudiante de cine adulto, decidió terminar con la vida de una mujer cocinándola en un horno para pizza, idea osada como pocas. A repetición -y esto en estudiantes algo más avezados también - vi como se ha optado por liquidar sin escalas a un personaje con quien ya no se quería lidiar desde el guion por mero cansancio.

Al ver la ligereza con la que los jóvenes cineastas mataban y morían empezamos a ponerles obstáculos. No se trata de censura, jamás prohibiríamos la creación. Pero permitir que ciertos guiones se filmen compromete nuestra ética, nos hace preguntarnos dónde está el límite.

Claramente, el cine es catártico. Siempre será mejor que filmen y descarguen la hostilidad por la vía artística. Las formas de recortar la truculencia tienen que ver con las fronteras de lo posible o de lo coherente. Sobre todo en entornos educativos. Pero si una o un adolescente plantea bien -hablando en términos cinematográficos- una escena horrible, no tenemos herramientas ni fundamento para impedir que la filmen.

A Cristina la tiraron por una escalera y luego sugirieron que la desintegraban con una licuadora de mano.

El inspector se emborrachó y cuando lo mataron en La casa misteriosa, era esencial que tuviera ketchup en la boca para escupirlo convenientemente.

Cuando prohibimos el uso de armas de fuego en las películas, caí como un chorlito con un orificio de maquillaje en la frente de la víctima, y el contra-reproche fue: "¡... no usamos armas! vos no dijiste nada acerca de usar balazos".

En el guión de Ruidos en la noche se oía un lamento lejano y a la par golpes de cuchara dados por un albañil que había muerto en la construcción dentro de ese edificio.

Me sorprendieron también con una balacera feroz ente dos que usaron bananas para disparar. 

La lista sigue, es realmente larga.

Cuando el miedo queda estampado en la pantalla, y la fantasía privada se hace pública, ya está: el susto pasa a los espectadores. Y no se imaginan cuán regocijante es para quien lo realizó lograr emocionar a sus padres y abuelos con su atrevimiento.

A mí personalmente me molesta la corrección política a la hora de propiciar la creación: darle permiso a niños y niñas para que solamente se dediquen a realizar producciones bellas, pacifistas, ecologistas, correctas ante la mirada de las personas adultas. Cuando la temática de muertes y tragedias se da entre estudiantes en la universidad nadie lo ve mal, "porque ya son grandes".

Hasta cierto punto, aún en casos que podrían revisarse por ser exageradamente crueles, nadie se meterá con las creaciones de quienes cumplieron los 18. Pero sí hallo miradas críticas cuando niñas y niñas intentan disipar su miedo a través de la expresión audiovisual. Encuentro que muchas maestras y maestros conducen a sus estudiantes a hacer películas constructivas a la fuerza. Y a la fuerza, amigas y amigos queridos: no se logra nada.

La angustia manda a la hora de producir y es una imposición rayana en lo autoritario exigir que la creación refiera sólo a un planeta maravilloso que no existe. Hoy menos que nunca.

En todos los casos, más allá de que podamos tomarlo con comprensión o con rechazo, les aseguro que pude ver las miradas sensibles, angustiadas de sus realizadores, y el consiguiente alivio al lograr plasmar sus ideas y temores en películas. Curiosamente, en muchos casos al menos, quienes han procesado alguna vez la posibilidad de filmar la muerte calman su sed de expresar el terror que ésta les causa.

La ficción en el cine al jugar con la muerte como un tema liviano bien puede ser sólo distracción. O no, porque en muchos casos el intento de exorcizar el imaginario construido tras ver mucho cine de suspenso y terror es evidente. Además de transitar la vida misma y ver los noticieros todos los días, claro.

La muerte lejana y temida se contrapone a la resignificación actual en contexto de este enemigo invisible que alarma y controla. Una muerte real, tangible y peligrosa como es el COVID-19.

Lo más probable es que ahora no se la quiera ni nombrar, y sólo se pueda maldecir al encierro o a la falta de contacto. Pero a ver: ¿Qué niño o niña no tiene claro que ver a sus abuelos, compañeros incondicionales de andanzas cotidianas, entrañaría en este momento una seria amenaza?

Ciertamente, la búsqueda personal profunda y el contexto adecuado permitirán que niñas, niños, adolescentes y también personas adultas piensen, construyan, pergeñen relatos de superación; películas en las que se destaquen valores solidarios en busca de un nuevo paradigma. Con guiones propios, que pueden gustarnos más o menos, pero serán reflejo de su mirada. Posiblemente haya quienes quieran reflejar experiencias vividas durante la pandemia, mientras otros preferirán evadirlas.

Lo importante es que se haga posible metabolizar la angustia contenida de alguna manera. Poder entrar y salir del tema, tal como se espera salir del confinamiento así sea, de momento, a través de una pantalla, pero idealmente: en compañía.

En un mundo que ha cambiado hay mucho material para contar historias. La libertad creativa y sólo ella una vez más nos mostrará la manera de reencontrarnos para continuar aprendiendo.