LUZ, CÁMARA, ¡CATARSIS!
Desde mis primeros intercambios
con realizadores en formación aprendí algo importante: la muerte es un recurso
excelente cuando se está desorientado. Tanto da que se trate de niñas, niños o
personas adultas en un taller audiovisual: si un tipo molesta en la escena, se
muere, y ya está ¿Y cómo se muere? ah, ese es un lindo desafío. Total, hablamos
de muertes "de mentira", ¿no? así intentó justificarse un niño tras
decidir que su protagonista cayera súbitamente, sin ningún motivo, para explicar
luego "lo mató un gas venenoso, que es invisible". En otra ocasión,
esta vez un estudiante de cine adulto, decidió terminar con la vida de una
mujer cocinándola en un horno para pizza, idea osada como pocas. A repetición
-y esto en estudiantes algo más avezados también - vi como se ha optado por
liquidar sin escalas a un personaje con quien ya no se quería lidiar desde el
guion por mero cansancio.
Al ver la ligereza con la que los
jóvenes cineastas mataban y morían empezamos a ponerles obstáculos. No se trata
de censura, jamás prohibiríamos la creación. Pero permitir que ciertos guiones
se filmen compromete nuestra ética, nos hace preguntarnos dónde está el límite.
Claramente, el cine es catártico.
Siempre será mejor que filmen y descarguen la hostilidad por la vía artística.
Las formas de recortar la truculencia tienen que ver con las fronteras de lo
posible o de lo coherente. Sobre todo en entornos educativos. Pero si una o un
adolescente plantea bien -hablando en términos cinematográficos- una escena
horrible, no tenemos herramientas ni fundamento para impedir que la filmen.
A Cristina la tiraron por
una escalera y luego sugirieron que la desintegraban con una licuadora de mano.
El inspector se emborrachó y
cuando lo mataron en La casa misteriosa, era esencial que
tuviera ketchup en la boca para escupirlo convenientemente.
Cuando prohibimos el uso de armas
de fuego en las películas, caí como un chorlito con un orificio de maquillaje
en la frente de la víctima, y el contra-reproche fue: "¡... no usamos armas! vos no dijiste nada acerca de usar
balazos".
En el guión de Ruidos
en la noche se oía un lamento lejano y a la par golpes de cuchara dados
por un albañil que había muerto en la construcción dentro de ese edificio.
Me sorprendieron también con una
balacera feroz ente dos que usaron bananas para disparar.
La lista sigue, es realmente
larga.
Cuando el miedo queda estampado
en la pantalla, y la fantasía privada se hace pública, ya está: el susto pasa a
los espectadores. Y no se imaginan cuán regocijante es para quien lo realizó
lograr emocionar a sus padres y abuelos con su atrevimiento.
A mí personalmente me molesta la
corrección política a la hora de propiciar la creación: darle permiso a niños y
niñas para que solamente se dediquen a realizar producciones bellas,
pacifistas, ecologistas, correctas ante la mirada de las personas adultas.
Cuando la temática de muertes y tragedias se da entre estudiantes en la
universidad nadie lo ve mal, "porque ya son grandes".
Hasta cierto punto, aún en casos
que podrían revisarse por ser exageradamente crueles, nadie se meterá con las
creaciones de quienes cumplieron los 18. Pero sí hallo miradas críticas cuando
niñas y niñas intentan disipar su miedo a través de la expresión audiovisual.
Encuentro que muchas maestras y maestros conducen a sus estudiantes a hacer
películas constructivas a la fuerza. Y a la fuerza, amigas y amigos queridos:
no se logra nada.
La angustia manda a la hora de
producir y es una imposición rayana en lo autoritario exigir que la creación
refiera sólo a un planeta maravilloso que no existe. Hoy menos que nunca.
En todos los casos, más allá de
que podamos tomarlo con comprensión o con rechazo, les aseguro que pude ver las
miradas sensibles, angustiadas de sus realizadores, y el consiguiente alivio al
lograr plasmar sus ideas y temores en películas. Curiosamente, en muchos casos
al menos, quienes han procesado alguna vez la posibilidad de filmar la muerte
calman su sed de expresar el terror que ésta les causa.
La ficción en el cine al jugar
con la muerte como un tema liviano bien puede ser sólo distracción. O no,
porque en muchos casos el intento de exorcizar el imaginario construido tras
ver mucho cine de suspenso y terror es evidente. Además de transitar la vida
misma y ver los noticieros todos los días, claro.
La muerte lejana y temida se
contrapone a la resignificación actual en contexto de este enemigo invisible
que alarma y controla. Una muerte real, tangible y peligrosa como es el COVID-19.
Lo más probable es que ahora no
se la quiera ni nombrar, y sólo se pueda maldecir al encierro o a la falta de
contacto. Pero a ver: ¿Qué niño o niña no tiene claro que ver a sus abuelos,
compañeros incondicionales de andanzas cotidianas, entrañaría en este momento
una seria amenaza?
Ciertamente, la búsqueda personal
profunda y el contexto adecuado permitirán que niñas, niños, adolescentes y
también personas adultas piensen, construyan, pergeñen relatos de superación;
películas en las que se destaquen valores solidarios en busca de un nuevo paradigma.
Con guiones propios, que pueden gustarnos más o menos, pero serán reflejo de su
mirada. Posiblemente haya quienes quieran reflejar experiencias vividas durante
la pandemia, mientras otros preferirán evadirlas.
Lo importante es que se haga
posible metabolizar la angustia contenida de alguna manera. Poder entrar y
salir del tema, tal como se espera salir del confinamiento así sea, de momento,
a través de una pantalla, pero idealmente: en compañía.
En un mundo que ha cambiado hay
mucho material para contar historias. La libertad creativa y sólo ella una vez
más nos mostrará la manera de reencontrarnos para continuar aprendiendo.